Venus y Cupido
By: Anínimo, traducido del ingles por Pitter

Post Feedback | Printer Friendly Format

[STRAIGHT] [TESTICLES] [Histórico]

Como mucho de los grandes cantantes masculinos del siglo dieciocho, Farinelli era castrado. Castrado cuando niño para preservar su bella voz de soprano. ¿Qué significó para tal persona el poseer una pintura de Venus y Cupido, las encarnaciones paganas del amor sexual?


Newest Files




Un monólogo y un concierto efectuados en el Ackland Art Museum. Un proyecto financiado por una fondo de la Fundación Samuel H. Kress es testigo de una Era de Transformaciones

La Venus Desarmando a Cupido, de Amigoni, (entre los 1730 ó 1740) es un producto del mundo tradicional, un tema establecido por la mitología clásica, pintado en un estilo rococó internacioal, propiedad y probablemente encargo de un artista que era también miembro de la nobleza.

Una inscripción al dorso de esta pintura indica que perteneció al gran cantante de ópera Farinelli (Carlo Broschi) Como muchos de los grandes cantantes masculinos del siglo XVII, Farinelli era un castrato, castrado cuando niño para preservar su hermosa voz de soprano. ¿Qué significó para tal persona poseer una pintura de Venus y Cupido, las encarnaciones paganas del amor sensual?

Farinelli habla (cerca del 1775. edad 70)

"Venus y Cupido". Hay muchas pinturas en mi villa aquí en Bolonia, y pocos de mis muchos visitantes se percatan de ésta. Aún si lo hicieran, difícilmente se atreverían a plantear la pregunta obvia. Todos ellos saben que una vez tuve la más fina voz de soprano del mundo, y todos ellos saben el precio de tal voz. ¿Qué tendría que hacer un castrado, un eunuco, con Venus y Cupido? Quizá sea una paradoja el que posea tal pintura, pero es la paradoja de toda mi vida entera.

Nací en el reino de Nápoles. En su novela Cándido, ese gran hombre Voltaire, hizo de Nápoles el reino de los castrati. Ellos castraban allí doscientos o trescientos niños al año, algunos de los cuales morían por ello, otros adquirían una voz más bella que la de una mujer, y aún otros llegaban a gobernar naciones.

Doscientos o trescientos es una exageración ridícula. Había más castrados en los dominios del Papa en torno a Roma que en Nápoles. Pero en cuanto al resto de lo que dice, se refiere a mí. Yo no morí. Yo fuí uno de los que tuvieron suerte, y conseguí la bella voz. Por casi veinte años fui el más famoso cantante de ópera del mundo. Y luego, por otros veinte, goberné una nación.

Todavía, a veces me pregunto qué tenía en mente mi padre cuando me hizo castrar.

No éramos pobres, como las familias de la mayoría de los castrati. Cuando no sabes si vas a comer mañana, y cuando una bella voz de soprano tiene la posibilidad de levantar a un cantante de esa espantosa pobreza, y quizá también a toda la familia, ¿sorprendría que un padre y una madre enviaran a un niño al cirujano? Aún si la voz del niño llegara a fallar, como a menudo sucedía, si él terminaba sus días en el coro de alguna iglesia de pueblo, aún era mejor que mendigar por las calles. Pero nosotros estábamos libres de esa demoledora pobreza. Mis padres no eran ricos, pero éramos respetables. Teníamos incluso nobleza menor en nuestro ancestro. Mi padre amaba la música. El mismo era un músico aficionado, y había alentado a mi hermano Ricardo en su carrera de compositor. ¿Tuvo algún sueño profético de mi fama? Nunca se lo pregunté. Yo sólo tenía doce años cuando él murió.

Yo no recuerdo la operación. Y si la recordara no te lo diría. Debo haber tenido cerca de nueve años de edad; esa era la edad usual. Supongo que me preguntaron si quería mantener mi bella voz para siempre, y si estaba dispuesto a sufrir cierto dolor para ello; es ilegal el castrar a un niño sin su consentimiento. Supongo que me dieron un poco de opio y que me pusieron en un baño de agua caliente. Y luego llegó el cirujano. Te digo que NO lo recuerdo.

Después de eso… bueno, nosotros los castrados somos una raza aparte. Cuando no están ovacionándonos, la gente se rie de nosotros o nos compadece. Puedes darme tu compasión. He visto suficientes hombres arruinar sus vidas por interés de Venus. Piensa en los sacerdotes que renuncian al acto, algunos de ellos de cualquier modo, sin escapar a su deseo. Finalmente yo me he librado de él

El compositor NiccoloPorpora me entrenó. El fue mi segundo padre, y yo fui su alumno estrella. Mi voz no se quebró ni se puso áspera. Crecí alto y delgado, no redondo y gordo como algunos castrados. Por sobre todo, mis pulmones se expandieron y fortalecieron hasta que pude sostener una nota por un minuto o más. A los quince años me presenté en un escenario por primera vez, en una opera montada para el cumpleaños del Emperador de Austria. (Nápoles estaba gobernada por Austria es esos días). El poeta Metastasio escribió el libreto, y desde entonces fuimos amigos, aunque rara vez nos veíamos puesto que él estaba radicado en Viena. Un par de años más tarde, en Roma hubo una famosa competencia entre mi y un trompetista, y cuando lo derroté mi fama se extendió por toda Italia.

Pronto estuve cantando en todas las grandes salas de ópera en Roma, Venecia, Milán, y aquí en Bolonia, donde llegué a conocer al empresario Conde Sicinio Pepoli. Si Porpora fue mi segundo padre, Pepoli fue el tercero, guiando mi carrera y concertando los contrtos a medida que yo iba de ciudad en ciudad , y de una sala de óperas a otra. En esa época yo tenía 23 años, y era el cantante mejor pagado de Europa, y Pepoli vio que todo ese dinero no debía pasar simplemente por mis manos sino que debía ser cuidadosamente administrado e invertido. Llegué a ser ciudadano de Bolonia y compré una finca, y a después de todos mis viajes tuve un lugar que yo pudiera sentir que era mi casa.

Por esa época yo cantaba tanto en los reinos germánicos como en Italia. En la corte imperial de Viena vi de nuevo a Metastasio, y me encontré con el mismo emperador, el que me dio algunos saludables consejos después de un concierto en el cual yo había encandilado a la audiencia con acrobacias vocales. "Sabes cómo asombrar a tu auditorio, me dijo; ahora es tiempo de deleitarlos. En lugar de esas interminables muestra de pirotecnia musical, si quieres alcanzar el corazón debes tomar un camino más plano, más simple." Tomé a pecho esas palabras. Ya nunca lancé junta toda esa pirotecnia, sino que aprendí a mantenerla de reserva.

Jorge Federico Haendel, el más grande de todos los compositores, me invitó a unirme a su compañía de ópera que él había iniciado en Inglaterra unos pocos años antes bajo el patrocinio del Rey Jorge. Yo no quise aceptar sus condiciones, y cuando llegué a Inglaterra algunos años más tarde, fué para desafiarlo y no para trabajar para él. El Príncipe de Gales, que habría hecho cualquier cosa para enojar a su padre el Rey, había decidido organizar una segunda compañía, "La Opera de la Nobleza", y había alentado a mi antiguo maestro Porpora para que lo dirigiera. La opera italiana hizo furor en Londres. Dos compañías, cada una tratando de desplazar a la otra, cada una con una apasionada banda de seguidores. La Compañía de Opera del Covent Garden tenía el compositor más famoso, y la ópera de la nobleza me tenía a mi, el cantante más famoso. Contrataron también a los mejores cantantes de Haendel, y el teatro que había estado usando, y para coronarlo todo, montaron una de sus propias ópera, Ottone.

Una noche cuando yo había terminado un aria, una voz de mujer exclamó por sobre todos los aplausos y vivas, "¡Un solo Dios, un solo Farinelli!" Por supuesto, hubo gente que se burló del furor por la ópera. Mi gran estatura y mis largos brazos eran un regalo para los caricaturistas. Pero pude sobreponerme a las risas. Siempre habrá gente que haga mofa de un castrato, y en Inglaterra se reían hasta del mismo Rey.

Y había críticos más serios. Ellos criticaban que mi actuación era estirada y poco natural. Es verdad que yo actuaba mucho más con mi voz que con mis manos o mi cuerpo. Pero yo no estaba representando en escena a un agricultor inglés o a un tendero. Era un héroe antiguo, o un dios… o una diosa. En Nápoles yo había representado la parte de Cleopatra, con una mujer en el rol de Antonio. ¿qué tenía eso que ver con el ser natural? Magnífico vestuario, magnífico escenario y magnífica música: eso es lo que se necesita para una ópera. Un argumento sencillo y una actuación realista son lujos.

Mi primera temporada en Londres fue gloriosa; mi segunda, un triunfo; mi tercera… aceptable. Toda esa magnificencia… y, por supuesto, los magníficos salarios que se nos pagaba a los cantantes, y todo lo que está bajo eso, hicieron que las dos compañías de ópera de Londres se fueran destruyendo una a otra. Pasada la novedad, no hubo suficientes amantes de la ópera ingleses para sostenerlas ambas. Consideré el volver a mi vida nómada en Italia y Alemania cuando recibí una extraña comisión de la Reina de España.

Todos sabían que el Rey de España estaba enfermo. Muchos decían que estaba loco. Por días o semanas yacía en cama, quejándose lastimeramente, rehusando lavarse o cambiarse de ropas, y no quería ver a nadie sino a la Reina. Ahora ella me invitaba a España con la esperanza de que mi música lo aliviaría de su melancolía, así como el arpa de David había aliviado al Rey Saul. Yo nunca había ido a España, y no se rehusa a la ligera una invitación real. En agosto de 1737 llegué a Madrid.

El Rey sufría una de sus crisis. El nunca me habría permitido presentarme ante él, pero la Reina me había llevado a una pieza vecina al aposento del Rey, y allí canté unas pocas piezas cortas.

Hubo una pausa, y luego se me dijo que el Rey quería verme, y me llevaron a su recámara. Estaba en cama, sucio y barbudo, pero se incorporó para tocar mi mano y me pidió que cantara de nuevo. De modo que di mi segunda presentación junto a su lecho. Luego pe pidió que mencionara mi remuneración. Eso es lo que los reyes hacen cuando uno les complace, y por supuesto, yo estaba bien preparado con mi repueesta. Le dije que mi principal deseo era que él pudiera salir de la cama, afeitarse y vestirse, y retomar sus deberes de gobernante.

Cuando apareció en público, la gente dijo que yo había conseguido un milagro, y quizá así fue. Yo no podía curar al Rey, pero por lo menos podía aliviarlo de su dolor, y desde ese día yo fui su cantante personal. Hice una presentación pública, y por los siguientes diez años, tantos como los que él vivió, canté para él todas las mañanas.

Ahora estoy contento de haber recordado el aviso del emperador. Yo había asombrado a la corte con mi curación del rey… la parte difícil era complacer a los nobles, celosos de mi favor con la Familia Real. Me tomó toda mi habilidad diplomática el navegar entre los feudos que dividían la corte. La Reina odiaba a su hijastro, elpríncipe heredero Fernando, pero maniobré para conservar el favor de ella mientras hacía amistad con Fernando y su mujer María Bárbara. Me apenó esta joven pareja, aislada en la corte y humillada por la Reina pero muy unidos entre sí, y su amor por la musica era una unión natural entre nosotros.

Cuando el anciano Rey murió, y Fernando pasó a ser Rey, pasé a ser su consejero de mayor confianza. Hice lo mejor por aconsejarlo bien, y tuve algunas calificaciones. Yo había visto más de las cortes de Europa que él. Me concedió el título de Embajador, pero yo fuí más bien lo que en Inglaterra se denomina el Primer Ministro. Finalmente fui hecho Caballero de la Orden de Calatrava, el más alto honor que el Rey podía conceder.

Pero la parte principal de mi trabajo seguía siendo la música. Yo cantaba sólo para la familia ral, pero ahora era también director de la ópera real. Mantenía a Metastasio ocupado en Viena escribiendo libretos nuevos o adaptando los antiguos, (¡cuando el tiempo apremiaba, él era capaz de entregar un libreto en dieciocho días!) Yo yo tenía cuatro compositores en España para volcarlos en la ópera. Por sugerencia mía el Rey hizo venir al pintor Amigoni a España –nos habíamos hecho amigos en Inglaterra, donde él pintó mi retrato– y él creó magníficas escenografías. Para una boda real en 1750, yo transformé no sólo el escenario sino todo el teatro. Toda la familia real quedó asombrada cuando entró al salón y el embajador Inglés declaró que él creyó estar en el Paraiso.

Traje los mejores cantantes de Italia. Hubo uno en particular, Teresa Castellini…

Podrían preguntarme ¿qué sabe un castrato acerca del amor? Pero un ciego puede amar una rosa por su aroma, aún cuando no pueda ver su belleza, y lo que yo sentía por esta joven mujer era lo bastante cercano a esos sentimientos que describe el poeta y que yo había cantado tantas veces en el escenario. Puede que yo no entienda el fuego del deseo, pero he sentido el sol veraniego del amor. Amigoni pintó nuestro retrato, sentados juntos con Metastasio en un lado y el mismo Amigoni en el otro.

La Reina Bárbara falleció en 1758, Fernando era una sombra sin ella, y la sobrevivió menos de un año. Cuando el rey murió, todo cambió. Fernando y Bárbara no tenían hijos, de modo que su medio hermano Carlos, llegó desde Nápoles a reclamar el trono de España. Este hombre se interesaba sólo por la cacería, odiaba el arte y sobre todo la música y no estaba dispueto a aceptar la consejería política de un cantante. Casi de inmediato me citó para una audiencia. –"Farinelli", me dijo, "tú nunca abusaste de la generosidad de mis predecesores. Ahora, tu trabajo ha terminado. He confirmado la continuidad de tu pensión, y deberás abandonar el país lo más pronto posible". Me sentí aliviado. Podría haber sido mucho peor.

De modo que volví a Italia, y a Bolonia. Pepoli había fallecido, pero él y sus sucesores habían cuidado bien de mi fortuna. Se me permitió llevar todas mis posesiones desde España, y comencé a construir esta casa para mi retiro.

En los años desde entonces tuve muchos distinguidos visitantes: compositores, músicos. Leopoldo Mozart trajo a su hijo, un destacado niño. Y gobernantes. incluso el joven emperador José, hijo de aquel hombre que me dio ese buen consejo tantos años antes. Y estuvo ese pillastre de Casanova, que perseguía a las celebridades con tanta voracidad como a las mujeres bellas. Aún tenía la esperanza de convencer a Metatasio de hacerme una visita, pero era un largo viaje desde Viena, y ambos estábamos ya viejos.

A menudo me venían a visitr castrados jóvenes para que los guiara en sus carreras. Les aconsejaba lo mejor que podía, pero me entristecía por ellos; nunca tendrían las oportunidades que yo tuve. La ópera cambia, y los nuevos músicos dejan menos y menos espacio para las voces de castrados. En pocos años, quizá, ya no habrá sitio en los escenarios para los castrados. Sólo en los grandes coros eclesiásticos de Italia.

Hace tiempo que no canto, pero toco hapsicordio y la viola d'amore, y así vivo con mi música, mis recuerdos, y mi colección de pinturas. ¡Oh, sí! esa pequeña pintura, esa con la que comencé, ¿verdad? ¿Es realmente algo tan extraño el que yo la posea? Mírelo de nuevo. Apolo puede ser el dios de la música, pero comparte la ópera con Venus, por lo cual, ¿qué es lo que hace un cantante de ópera sino cantar al amor? Y la imagen no es simplemente de Venus y Cupido, sino que es "Venus desarmando a Cupido". Y yo estaba desarmado, despojado de mis flechas. De modo que yo podría cantar las alabanzas a Venus.



-
Return To The Eunuch Archive