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La duquesa de Pont-Brisée se detuvo en su carruaje para escuchar la voz angelical que procedía de la garganta de un sucio y harapiento pilluelo callejero de unos diez años. Cuando hubo terminado la sencilla melodía que había estado cantando con tanta belleza, la duquesa lo llamó
"Garçon, viens ici". "Sí, signora", contestó en italiano el niño. La Duquesa Amélie, que había estudiado canto y harpa en Italia, hablaba fluidamente el italiano, aunque se notaba su acento. "Cos' e il tuo nome? preguntó. "Giovani, vostra grazia" respondió, habiendo reconocido el emblema ducal en la puerta de su carruaje. "Giovani da Cremona". La duquesa sabía que el uso del "da" con el nombre de un lugar en vez del de la familia indicaba su ilegitimidad, "Hai una Famiglia?" preguntó ella. Giovanni movió tristemente su cabeza. "Vieni mecco" invitó la duquesa, abriéndole la puerta de su carruaje. Giovanni saltó dentro de él, y se sentó al lado de ella, iniciando así una nueva vida. Pasó a ser el paje en la casa de la duquesa. Era un cambio maravilloso para el pequeño Giovani. Ahora tenía suficiente comida, una confortable cama toda para él, y usaba un traje de seda y satén. Y todo lo que tenía que hacer, era esperar a la duquesa en su mesa y cantar para ella. Por los siguientes tres años, recibió instrucción en canto, y en urbanidad y comportamiento, y aprendió a hablar en un pasable francés, aunque nunca abandonaría su acento italiano, lo cual sin embargo, solamente aumentaba su encanto, porque era un niño singularmente bello. En ese tiempo, la duquesa invitó al famoso poeta Philippe de Oultremer para que la visitara. A la hora de almuerzo, la duquesa hizo que Giovanni, ahora conocido como Jean de Crémoine, cantara para ella y para Philippe. M. de Oultremer, bien conocido por su amor por los jóvenes bellos, quedó cautivado de inmediato tanto por la voz de Jean, como por su belleza. Aproximándose ya a la adolescencia, Jean tenía un rizado pelo negro, cutis sedoso claro, y cálidos ojos castaños. Jean había escogido la canción de amor, "Tant que vivrai" que cantó con un lánguido y meloso tono. Philippe preguntó: ¿Qué edad tiene? Al decírsele que Jean tenía trece años, se estremeció, realmente alarmado porque esa voz celestial pronto se quebraría. ¿Está él… intacto? Hasta el momento, respondió la duquesa. Vuestra Gracia, repuso el poeta. Esa gloriosa voz debe ser preservada, y ya se hace tarde para ello. Cualquier día puede quebrarse, y sería una pérdida irrecuperable. Discutiremos eso más adelante; mañana, señor. Por ahora, tengo una sorpresa para vos. Esta noche, Jean, que obviamente tanto os agrada, compartirá vuestra cama. Por supuesto, la Duquesa no tenía por qué pedir la autorización de un sirviente. Jean haría cualquier cosa que ella le pidiera. Jean, aunque algo sorprendido, no se disgustó ni se desconcertó para nada. Como todos los pilluelos de la calle, el pequeño Giovanni había experimentrado la ruta de un hombre con un niño muchas veces antes que la Duquesa Amélie lo hubiera recogido de la calle. Si el hombre, generalmente un marinero, no era rudo, él le daba a gozar su cuerpo incontables veces durante sus noches de amor. Ambos amantes estaban atontados cuando llegaban a tomar desayuno, en el cual Jean cantaba como nunca antes, puesto que el amor le daba un especial timbre a su voz. Sin embargo, después del desayuno, Philippe de Oultremer estaba especialmente atractivo, de suave hablar, y a todas luces gentil. Su ajustado pantalón revelaba que él estaba tan bien dotado como los marineros que ya habían buscado su camino con el niño. Y era obvio que Philippe ya estaba infatuado con Jean. Esa noche, Jean había tenido una experiencia sexual mucho más amplia y satisfactoria que la que había tenido nunca antes con ninguno de los marineros con los que se había acostado. Ninguno de ellos lo había besado, y ninguno de ellos ni siquiera sabía o se procupaba de nada acerca de un previo juego amatorio. Philippe era experto y considerado amante de los niños, e incluso, ocasionalmente, para variar, también de las mujeres. Los besos y las caricias de Philippe y sus frecuentes y reiteradas declaraciones de "Jean, je t'aime" habían sido como el vino para el niño, y se sentía como si fuera una doncella en los brazos de un hombre para su primera vez. Philippe sabía lo suficiente, como para no preguntarle a Jean si alguna vez había sido poseido por un hombre, y Jean sabía lo bastante como para no decírselo. Ambos lamentaron la llegada de la mañana, puesto que no habían dormido. ¿Por qué perder el tiempo en dormir estando en los brazos de un amante apasionado? Jean había recibido el miembro viril de Philippe en ambos extremos de su cuerpo incontables veces durante su nuit d'amour. Ambos amantes estaban entusiasmados cuando bajaron a desayunar, en el cual Jean cantó como nunca antes, con el amor que le daba un especial timbre a su voz. Sin embargo, después del desayuno, llegó el momento de una seria discusión. Jean no tenía miedo a la castración para preservar su hermosa voz, salvo por una inquietud que planteó a Philippe tan pronto como se trató el tema. ¿Puedo aún gozar de que me haga el amor sin mis cojones? Philippe propuso: Pidamos la opinión al médico personal de la duquesa, el Abate Reynaud. ¿Es ése un tipo de pregunta que se le puede plantear a un Abate? preguntó Jean. Philippe se rió estrepitosamente. El Abate Reynaud es notable por su conocimiento de los traseros de los niños. Esa pregunta no le molesta. Y realmente no le molestaba. Tu habilidad para gozar de la penetración por el miembro de un hombre quedará inalterada, y quizá aún mejorada. No tienes nada que temer. No sólo tu voz, sino también tu belleza de niño quedará preservada por muchos años en lo porvenir. Sus dudas acerca del asunto estaban resueltas. Jean estuvo de acuerdo en ser castrado, reconociendo que era urgente si su voz debía permanecer inalterada. La operación sería efectuada por el Abate Reynaud. Era dolorosa, pero Philippe se sentó junto a Jean, besándolo, acariciando su cabello, y alentándolo por su valor. Era la cauterización de los cordones cortados lo que dolía más, y en realidad Jean se desmayó durante eso. Luego del vendaje de las incisiones en su escroto, un vaso de brandy fue una excelente restauración. La necesidad de abstenerse de sexo por dos semanas después de la operación fue estresante para los amantes, especialmente para Jean que estaba ansioso de asegurarse que su gozo no se vería disminuido. Finalmente, cuando se sintió lo bastante alentado, se le permitió a Jean compartir de nuevo la cama de Philippe. Se sintió muy aliviado al comprobar que todo era casi igual. Nunca había estado en condiciones de emitir su semilla, y ahora nunca lo haría. Llegó finalmente el día en que Philippe tuvo que regresar a París. Le suplicó a la Duquesa Amélie que le permitiera llevar a Jean consigo. Aunque ella no quería verse privada de la bella voz de Jean, estuvo de acuerdo con la condición de que Philippe y Jean regresaran a menudo a Pont-Brisée. Aunque nunca se presentó en público en un escenario de ópera, Jean a menudo cantaba en salones privados y hacía furor en París. Fue presentado como el protegido de Philippe, y ostensiblemente, su sobrino de Pont-Brisée. En realidad, los recitales de Jean eran más populares que las lecturas de Philippe. Philippe tenía un ojo vagabundo, y Jean lo confrontó una noche. Philippe le juró por su honor que había defendido en muchos duelos, que aunque admirara a los jóvenes, él no amaba a nadie sino a Jean. Para dar más énfasis a eso, hizo un extravagante gesto, que él podría no haber tomado muy en serio, pero Jean sí. Philippe se bajó los pantalones y su ropa interior, exponiendo sus partes viriles. Tomando sus cojones en la mano, dijo. "¡Esto ya no me pertenece!. ¡Son tuyos! ¡Si alguna vez traiciono tu amor, tómalos! Te lo juro por mi sagrado honor! Jean respondió. Te amo, Philippe, pero recojo éste, tu juramento. También quiero la seguridad de que nunca me dejarás de lado mi me destituirás. ¿Qué más seguridad deseas? Jean suspiró y dijo. Yo nunca conocí a mi padre. Hazme tu hijo y heredero. Philipe parecía inseguro y le dolió a Jean que dudara. Pero, si hago eso, lo que hemos estado haciendo por las noches será incesto. Jean se rió. ¿Realmente estás preocupado por eso? No parece preocuparte el que la sodomía sea ilegal. Philippe se sintió feliz. Es verdad, y la relaciones padre-hijo ciertamente no son más sospechosas que las del tío con su sobrino. Realmente algo menores. Muy bien, serás mi hijo. Sabiendo que Philippe era alguien que postergaba todo, Jean agregó: Ahora. Philippe convocó a un notario para que extendiera los documentos necesarios, y antes de la puesta del sol, Jean de Crémoine, né Giovani da Cremona, pasó a ser hijo y heredero de Philippe de Oultremer. Sin embargo, la enfermedad de la monogamia afectaba a Philippe de Oultremer. Aunque él amara a su hermoso y talentoso hijo, se derretía por otros bellos jóvenes, no por una relación duradera, sino sólo por una noche de placer. Estaba demasiado acostumbrado a la amorosa boca de Jean y a su precioso trasero. Así fue que Philippe empezó a engañar a Jean. Casi todo hombre casado en París tiene su amante. ¿Por qué él no podría tener su joven amante? Aunque Philippe era el alma de la discreción, al ser tanta la demanda por sus presentaciones en los salones, las idas y venidas de Jean se pusieron impredecibles. Por lo tanto era probablemente inevitable que Jean cogiera a Philippe en flagrante delito. Un día, debido a la súbita enfermdad de su anfitrión, Jean regresó más temprano de lo esperado desde un salón. Halló a Philippe, con sus pantalones y ropa interior en sus rodillas, sodomizando a un niño en similar estado de desnudez, que estaba sobre sus rodillas agachado al extremo de un sofá. Lívido de furor, Jean empujó a Philippe hacia atrás y cogió al niño por el cuello de la túnica y la pretina de los pantalones, lo arrastró hasta la puerta, y lo lanzó al vestíbulo. Por un momento, durante el cual Philippe se recolocó sus ropas, Jean desapareció. Cuando regresó al salón, llevaba la main gauche de Philippe, una daga que, durante un duelo, usaba en la mano izquierda junto con una espada en la derecha. La llevaba en su vaina con la empuñadura hacia Philippe. ¡Me juraste por tu sagrado honor, el que tan a menudo habías defendido en duelo con tu espada y ésto, que si alguna vez traicionabas nuestro amor, renunciarías a tus testículos para mí, porque me pertenecen a mí y no a ti! ¡Vengo a reclamarlos. Si ese honor por el cual has jurado significa algo, entrégame esos testículos que me diste! Aunque no había tomado tan en serio ese juramento que había pronunciado ya tanto tiempo, Philippe de Oultremer era muy puntilloso acerca de su honor. En un momento de extravagante entusiasmo había pronunciado las palabras fatales. No podía retractarse. Se bajó de nuevo los pantalones y la ropa interior y tomó la main gauche que le ofrecía Jean. Con una pasada de la hoja afilada como navaja, removió las renunciadas glándulas y se las pasó a Jean, que llamó a un sirviente. Pierre, ve a buscar al médico tan pronto como sea posible, y tráelo aquí. Pierre, viendo los testículos cortados en la mano de Jean, y la daga en la mano de Philippe, se apresuró a cumplir. Jean fue a la cocina y hallando algo de sal gruesa, guardó los testículos con sal en una pequeña caja de queso, colocándola en un anaquel. El doctor Legendre cauterizó los cordones cortados y suturó lo que quedaba del escroto, mientras que Philippe le decía. Esto es completamente un asunto personal. Lo hice yo mismo por una transgresión personal. Nadie más tiene nada que ver en esto. Aunque su auto castración no dejó impotente a Philippe, le imposibilitó obtener placer o satisfacción con el sexo. Aunque pudiera obtener una erección y así poder penetrar a Jean, Philippe experimentó menos placer de él de lo que conseguía masturbándose. Sin importar cuánto tiempo lo intentara, no sucedía realmente nada. Nunca tuvo un verdadero climax. Ese era su castigo por la infidelidad. Por su parte, Jean permaneció fiel a su amante eunuco, hasta su muerte en un duelo, el cual, debilitado como estaba por su castración, nunca debió haber iniciado.
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